miércoles, 22 de febrero de 2012

LEER CON LOS CINCO SENTIDOS (Libro a elegir)

EDITORIAL PAMIELA



LEER CON LOS CINCO SENTIDOS
                                      DE VICTOR MORENO


         Se dice que en las actividades complejas es necesario poner los cinco sentidos para no incurrir en inconsciencias, chapuzas y negligencias. Pero una cosa es decirlo y otra bien distinta es ponerla en práctica. Leer es una actividad compleja. Mucho más que escribir. De ahí que, al enfrentarnos con un libro, requiramos la concitación de los cinco sentidos. Pero ¿Qué es lo que podemos hacer realmente con la vista, con el oído, con el olfato, con el gusto y con el tacto, mientras leemos?
            El Autor de este libro pretende invitarnos a afrontar la lectura de un libro poniendo en movimiento cada uno de los cinco sentidos, con especial trato a los considerados menos nobles, el gusto, el olfato y el tacto.
         Ardua tarea la suya, puede que con sus alumnos, lograra un acercamiento a la lectura, que sus clases fuesen amenas y hasta incluso divertidas. Que esas experiencias puedas ser buenas e incluso muy buenas para incitar a los alumnos a la lectura, eso no lo pongo en duda. Otra cosa es que; con este libro consiga, después de leerlo, que un lector llegue a utilizar los cinco sentidos para leer un libro.
         La lectura del libro se hace pesada, se salva por las más de 200 citas de autores que realiza. Por los trabajos que encarga a sus alumnos y los comentarios de los mismos. Pero por lo demás, es un libro difícil de leer, pesado y que creo que no cumple su objetivo. No me ha gustado.
         Con este resumen, bajo mi punto de vista, pretendo extraer lo más significativo del libro, no valorando los trabajos realizados con sus alumnos e intentando utilizar el menor número de citas de otros autores.

         Se lee con los ojos, pero también con el olfato, con el gusto, con el oído, con el vientre. Con todo el cuerpo y no solo con las partes “altas” privilegiadas por la jerarquía de los sentidos impuesta por la tradición metafísica: los ojos y la mente ( … ). La tarea de formar un lector es multiplicar sus perspectivas, abrir sus orejas, afinar su olfato, educar su gusto, afinar su olfato, sensibilizar su tacto, darle tiempo, formar un carácter. Lo único que puede hacer un maestro de lectura es mostrar que la lectura es un arte libre e infinito que requiere inocencia, sensibilidad, coraje y quizás un poco de mala leche.
                                                        NIETZSCHE.

         Yo tengo muy en cuenta un comentario, que comparto pero que no recuerdo donde lo escuche, que dice: De los libros,  al igual que del cerdo; todo se puede aprovechar. De los buenos libros sus gratos recuerdos y de los malos la rapidez con la que los olvidamos. Pero lo mejor será que cada cual abra el telón de sus sentidos. Y vea, oiga, toque, guste y huela. Sentidos que únicamente mediante el esfuerzo y el trabajo de la inteligencia y el sentimiento es posible hacerse con algunos de ellos. Sin su cultivo es imposible acceder al sentido escondido en la materia del libro. El objetivo no es que el alumno llegue a entender de papeles, de tintas, de ediciones, de editoriales, de cubiertas. El objetivo es que el alumno se coma el libro, que deguste con sus cinco sentidos y que permanecía acurrucado en las cinglas de su memoria.


         Empecemos por el sentido del TACTO.

         Hay que leer con lo dedos, aunque a veces hay que saber leer con los puños. Y no hay que ahorrar a los libros la crueldad de la mesa de disección el contacto con el cuchillo, con las pinzas y con el escalpelo. A veces hay que hacer preguntas con el martillo.
                                                        F. NIETZSCHE

        
Este sentido nos permite apreciar las sensaciones de roce, vibración, cosquilleo, presión, calor, frío. Como también nos informa de la postura en la que nos encontramos, el peso que sostenemos, las actividades de nuestros músculos y la fuerza que realizan. Nos avisa y nos indica con el dolor del cólico renal o de la apendicitis, de que algo no va bien en nuestro riñón o apéndice. Al igual que el resto de sentidos, aunque de una forma más primaria, el tacto despierta emociones y nos puede transportar desde el máximo placer hasta el dolor más intenso. DESPIERTA EMOCIONES.
         Emociones almacenadas en la memoria, que no solo almacena fechas, citas, textos, hechos; también lo hace alevosa y subconscientemente, con colores, aramos y texturas. La memoria es, entre otras cosas, la más selecta maquina registradora de todo lo que hemos sentido superficialmente o profundamente. De tal forma que, en ocasiones, solo hace falta tocar la nieve, para volver ha sentir como me quemaba los dedos el primer día que la toque. El tacto de una manta, me recuerda la sensación de color, seguridad y cariño, en las frías noches de invierno en la casa del pueblo.
         Para un gran número de personas que por accidente, enfermedad o de nacimiento, carecen del sentido de la vista,  en ocasiones, el tacto son sus ojos para: leer, reconocer a otras personas, reconocer objetos y por medio de un bastón poder orientarse caminando.

        
LA VISTA.


         Entre todos los sentidos que posee el hombre, el más admirable es el de la vista.  Los ojos no pueden ocultar el interior de nuestro ser;  a través de ellos se descubren nuestros vicios. Si nuestro interior es puro, la mirada brilla con gran transparencia; si nuestro corazón no está limpio, la mirada aparece como empañada y oscurecida. Basta escuchar las palabras de un hombre y contemplar su mirada, para descubrir lo que hay en su interior; nadie puede ocultarse a lo demás.
                                                        CONFUCIO.


         Los ojos son los grandes monopolizadores de los sentidos. Por la vista apreciamos y comprendemos el mundo. A veces, bien lo sabemos, ni lo uno ni lo otro.
         Son tan solo siete gramos de peso medio y veintitrés milímetros de diámetro las discretas características de cada una de las dos maravillas ópticas que permiten al hombre captar las imágenes del mundo que le rodea.
         Para leer un libro no solo debemos prestar nuestra vista, sino, también,  nuestra mirada. Nuestra atenta mirada, al fin y al cabo, leer es una forma de estar atento. Y la mirada, el mejor instrumento para el cultivo de la atención. Para ello los libros debemos leerlo sin prisas de ninguna índole.
         Existe toda una teoría psicológica de los colores, seguramente poco científica, pero, muy sugestiva. La elección de un libro se realiza de diversas formas, por recomendación, por necesidad educativa o laboral, a primera vista…., nos centraremos y esta última. Las portadas y los títulos de los libros, son los primeros reclamos para acercarte a verlos. Dependiendo del color predominante de la portada, y siempre a primera vista, el libro te puede transmitir, según el color; sensibilidad el azul, equilibrio el verde, conciencia del deber cumplido el marrón, luminosidad el amarillo. Etc.
         El ojo nos ha enviado al cerebro un cúmulo de posibles sensaciones agradables. Pero de pronto, al inicio de su lectura, algo no funciona. Todo lo que a primera vista,  era tan atractivo, tan sugestivo, se desvanece el libro se cae de las manos. La verdad es que muchos libros engañan con sus apariencias. La única manera de saber que engañan es desvelar sus interioridades. No existe otro camino.  



                   EL OLFATO


         Pero también hay que saber oler las palabras; ser capaces de captar sus aromas más volátiles y más dispersos, saber distinguir el tipo de olor que las impregna: el olor a incienso, olor a cuartel, olor a colegio. Percibir los malos olores de las entrañas de un alma o de un libro aunque se oculten bajo una superficie bien educada o impoluta. Hay que saber percibir la calidad y limpieza del aire que emana de los libros, rechazar los libros de atmósfera cerrada y con olor a rancio, aclimatarse a las palabras que traen el aire rudo, seco, ligero y frió de las alturas.

                                                                  F. NIETZSCHE

         El olfato ha sido considerado un sentido modesto, poco importante. En un individua normal, las cedulas que contienen los receptores olfativos tapizan una superficie de únicamente dos o tres centímetros cuadrados, contra los veinte del gato o los cien que pueden alcanzar los perros.
         Todos los mamíferos, para su supervivencia, han desarrollado más algunos sentidos y los otros han quedado relegados, que no olvidados. Concretamente el ser humano tiene muy reducido este sentido, pero con un preciso, largo y continuo entrenamiento, estos sujetos podrían llegar discernir entre más de 4.000 olores distintos. Son los casos de los catadores de vinos o especialistas en perfumes, los llamados “hombres o mujeres nariz”.
         Lo percibido por la vista no se hará sin la descalificación paralela del olor, ciertos olores perturban  la vista, pero lo olido lejos de desaparecer, de borrarse, pasan a asociarse con lo visto, quedando como recuerdo único almacenado en el celebro. El celebro lo huele todo. Pero muchos olores nos dejan indiferentes y no nos susurran ni una miserable idea. Otros, en cambio, ponen en guardia nuestras neuronas, y a partir de ahí, pensamos y recordamos imágenes agradables, unas, y desagradables, otras. Imágenes olfativas, olores inconfundibles que ciertos libros al leerlos, nos hacen sentirlas, recordarlas y hasta incluso, vivirlas sin haberlas vivido.
         “Todo olía fuertemente en esa hora próxima la crepúsculo que pronto incendiaría el cielo durante unos minutos, antes de disolverse en una noche repentina; la leña mal prendida y la boñiga pisoteada, la lona mojada de los toldos, el cuero de talabarterías y el alpiste de las jaulas de los canarios colgadas de las ventanas. A arcilla olían los tejados húmedos; a musgos los viejos paredones todavía mojados, a aceite muy hervido las frituras de los puestos esquineros.  Pero el tasajo, sin equivoco posible, olía a tasajo; tasajo omnipresente, guardado en todos los sótanos y trasfondos.”         
                                                                           ALEJO CARPENTER

                   EL OIDO.


         "En el principio era el sonido; según Pascal Quignar, el sentido del oído el primero que se revela en el ser humano. Antes de ver o tocar, antes de gustar o acaso de oler, el recién nacido oye el estruendo del mundo y por lo general nada más salir del vientre materno, contribuye a él; grita. El sonido es anterior a todo, porque lo es el oído."

                                               ASCENSION CUESTA

          El oído es el primer órgano que el feto desarrolla y el oído es el último sentido que se pierde. El receptor que permite la llegada de estos impulsos sonoros al cerebro es el oído.
         Nadie puede pensar de un modo abstracto sin imaginar las palabra; nadie puede imaginar las palabras sin que estas resuenen en el interior del cerebro. Así funciona el pensamiento, como una clave hermética que a muchos le está vedada. Tener oído significa captar en cada palabra lo que hay en ella de ritmo, de verso, de canto, de grito, de gruñido. de silencio. las cosas solo existen cuando poseen un nombre y este nombre es inseparable de aquella voz que lo pronuncio por primera vez hace un millón de años. Su eco aún perdura en las páginas de un libro, en el combate del viento, en el interior del raciocinio.
         No es, posiblemente, una experiencia  específicamente auditiva, pero, con frecuencia, ciertos lectores, llevados por un fervor incandescente, advierten de que, cuando leen, les parece estar en el libro viviendo las mismas aventuras que el personaje principal. Si es así, no les será difícil extraer de esa experiencia un cúmulo de sensaciones auditivas. Ya decía Proust que " leer es oír ".
         Suele decirse que no hay pero sordo que quien no quiere oír. Aplicado este refrán a la relación que se mantiene con los libros, encontramos ciertas consecuencias prácticas. Ninguna  persona es capaz de agotar por sí sola el contenido de un libro. Del mismo modo que se dice que no hay libro tonto del que no se pueda extraer alguna idea inteligente, así, por el mismo cauce de la lógica, se llega a la consideración de que en cualquier libro una persona puede oír, escuchar no solo lo que le plazca, sino, aquello que no le gusta un pelo.
         Epícteo decía: " Dios le dio dos oídos al hombre, pero una sola boca, para que pudiera oír el doble de lo que decía. "



                   EL GUSTO

        

         Enseñar a leer bien es en primer lugar educar el sentido del gusto. Educar este sentido es formar un criterio de elección lo suficientemente delicado para como para aceptar lo que es bueno y rechazar el resto: el buen lector es el que tiene el gusto no corrompido, el que siente asco ante ciertas lecturas, el que las rechaza físicamente, el que no puede soportarlas. Formar un tipo de sensibilidad que sienta desagrado físico ante la " elegancia estilística " de los malos literatos.

                                                        F. NIETZSCHE

         La clara influencia de la educación en los gustos de cada persona no impide que existan, de manera innata, preferencias por determinados sabores y recelos entre otros.
         Al inicio de la edad adulta con unos gustos que se han perfilado a lo largo de la infancia y la adolescencia. Se registran grandes variaciones de unas personas a otras, que en cierto modo son el reflejo de la biografía de cada uno, pero en cada población emergen unos patrones generales de preferencia. por otra parte, las diferencias entre hombres y mujeres, patentes desde la adolescencia, se acentúan. Las mujeres, suelen tenerlos gustos y las versiones más pronunciados.      Con la edad, estos gustos evolucionan. los viajes, la variedad de acontecimientos templan el sentido del gusto, que gana en matices gracias a la experiencia.
         Algunos ensayistas aseguran que el gusto es condición sine qua nom
de la sensibilidad o de la inteligencia. Otros discuten largo y tendido sobre si el gusto es algo que se da naturalmente o, por el contrario, se adquiere mediante la educación.
         El filósofo Kant, en su ensayo Crítica del juicio lo consideró como un tipo de juicio especial, susceptible de crítica, como la facultad de juzgar por medio de un tipo de deleite o, en determinadas ocasiones, vinculado a ciertas reglas, derivadas de una educación en el buen gusto.
         Dice Rousseau:  El genio crea. pero el gusto elige. De todos los dones naturales, el gusto es el que se siente mejor y el que explica menos, no sería lo que es, si se pudiera definir, pues juzga acerca de objetos que el juicio ya no puede aferrar, y sirve, si se me permite decirlo, de gafas a la razón. Cada hombre tiene un gusto particular por el cual da a las cosas que llama bellas y buenas un orden que no le pertenece más que a él.

                   Madrid, a 1 de Enero de 2.012
                                                                  Alexandra Oyuela Barrasa.

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