miércoles, 22 de febrero de 2012

EL VALOR DE EDUCAR (libro a elegir)

EDITORIAL  ARIEL

EL VALOR DE EDUCAR
FERNANDO SAVATER

            Los hombres han nacido los unos para los otros, edúcalos y padécelos.
                                                                                              Marco Aurelio.
            En cualquier educación, por mala que sea, hay los suficientes aspectos positivos como para despertar en el que la ha recibido el deseo de hacerlo mejor con aquellos de los que luego será responsable. La educación no es una fatalidad irreversible y cualquiera puede reponerse de lo malo que había en la suya.
            En el transcurso de este siglo, la educación ha estado  perpetuamente en estado de crisis, pero no por la deficiente forma  en la que la educación cumple sus objetivos sociales que tiene asignados, sino que,  más grave aún, no sabemos que finalidad debe cumplir y hacía dónde efectivamente orientar sus acciones.
            ¿ Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos? ¿ Ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo critica y disidente o la cohesión social? ¿ Debe desarrollar la originalidad innovadora o mantener la identidad tradicional del grupo? ¿ Mantener una escrupulosa neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas, sexuales y otras diferentes formas de vida( drogas, televisión, polimorfismo estético....) o se decantara por razonar lo preferible y proponer modelos de excelencia? ¿ Pueden simultanearse todos esos objetivos o algunos de ellos resultan incompatibles? En este último caso,¿ Cómo y quién debe decidir por cuáles optar? Y otras dudas y preguntas que surgen de las anteriores; ¿ Hay obligación de educar a todo el mundo de igual modo o debe de haber diferentes tipos de educación, según a la clientela a la que se dirijan? ¿ Es la educación de educar un asunto público o más bien una cuestión privada de cada cual? ¿ Por qué ha de ser obligatorio educar?
            Dios mío, ¿dónde me he tenido? Si a guisa de prólogo, el "amigo" Fernando Savater me crea tantas dudas y algunas de ellas tan transcendentes, ¿ qué va ocurrir con el resto del libro? El único consuelo que me queda, antes de continuar con la lectura,  es que;  al libro solo le quedan unas 160 páginas que leer.
            Nacemos humanos pero eso no basta; tenemos que llegar también a serlo. Y se da por supuesto que podemos fracasar en el intento o rechazar la ocasión misma de intentarlo.
            Desde luego, en la cita de Graham Greene y en el uso común valorativo de la palabra se emplea "humano" como una especie de ideal y no sencillamente como la denominación específica de una clase de mamíferos parientes de los gorilas y los chimpancés. La condición humana es en parte espontaneidad natural pero también deliberación artificial: llegar a ser humano del todo es un arte . Un arte que hay de cultivar por medio de la educación.
            Todos los nacimientos humanos son en cierto modo prematuros, nacemos demasiado pequeños hasta para ser crías de un mamíferos de un tamaño  respetable. A este proceso peculiar los antropólogos lo llaman neotenia.   Comparemos un niño y un chimpancé recién nacidos. Al principio, el contraste es evidente entre las incipientes habilidades del monito y el completo desamparo del bebé. La cría del chimpancé pronto es capaz de agarrarse al pelo de la madre para ser transportado de un lado para otro, mientras que el retoño humano prefiere llorar o sonreí para que le cojan en brazos; depende absolutamente de la atención que se le preste.
            Sin embargo, paulatinamente los recursos del niño se multiplican en tanto que el mono empieza a repetirse. El chimpancé hace pronto bien  lo que tiene que hacer, pero no tarda demasiado en completar su repertorio. Por supuesto, sigue esporádicamente aprendiendo algo pero ya proporciona pocas sorpresas.
            En cambio, los individuos de nuestra especie permanecen hasta el final de sus días inmaduros, siempre en cierto sentido juveniles, es decir, abiertos a nuevos saberes. La comunidad en la que el niño nace implica que se verá obligado a aprender de sus mayores, no será suficiente con imitara sus mayores.
            Hay una gran diferencia entre la imitación ocasional que practican los antropoides respecto a los adultos de su grupo, por la que aprendes ciertas destrezas necesarias, y la que podríamos llamar imitación forzosa a la que los retoños humanos se ven socialmente compelidos. Estriba en algo decisivo que sólo se da al parecer entre los humanos: la constatación de la ignorancia. Los miembros de la sociedad humanas no sólo saben lo que saben, sino que también perciben y persiguen corregir la ignorancia  de los que aún no saben o de quienes creen saber erróneamente algo.
Ser humano consiste en la vocación de compartir lo que ya sabemos entre todos, enseñando a los recién llegados al grupo cuanto deben conocer para hacerse socialmente validos. Para ser humano no basta con nacer, sino que hay también que aprender. La genética nos predispone para llegar a ser humanos pero solo por medio de la educación y la convivencia social conseguimos efectivamente serlo. Algunos etólogos como Eibl Eibesfeldt aseguran que estamos genéticamente programados para adquirir destrezas que sólo pueden enseñarnos los demás, lo que establecería una complementariedad intrínseca entre herencia biológica y herencia cultural.
            El proceso educativo se realiza a través de los padres o de cualquier adulto dispuesto a dar lecciones o grupos de personas socialmente formadas y designadas para ello. La condición humana nos da la posibilidad de ser al menos en alguna ocasión maestros de algo para alguien. yY es que el hecho de que cualquiera sea capaz de enseñar algo, no quiere decir que cualquiera sea capaz de  enseñar cualquier cosa. La institución educativa aparece cuando lo que ha de enseñarse es un saber científico, no solamente empírico y tradicional, como las matemáticas superiores, la astronomía o la gramática. Según las comunidades van evolucionado culturalmente, los conocimientos se van más abstractos y complejos, por lo que es difícil o imposible que cualquier miembro del grupo los posea de modo suficiente para poder enseñarlos.
            A lo largo de la historia se dieron distintos modos de ideales educativos, parte de ellos, en cierto modo todavía colean entre nosotros. El ideal griego separaba la educación propiamente dicha por un lado y la instrucción por el otro. El pedagogo era el educador, su tarea se consideraba de primordial interés, dirigida a los ciudadanos libres destinados a la legislación y al debate político. Mientras que el maestro era un simple instructor y su papel estaba valorado como secundario, orientada para artesanos, labriegos y otros siervos.
            Hasta finales del siglo XVIII la instrucción técnico-científica no alcanzo la consideración comparable en la enseñanza a la educación cívico-moral. A partir de entonces se empieza a considerar que los conocimientos que brinda la instrucción son imprescindibles para fundar una educación igualitaria y tolerante, capaz de progresar críticamente más allá  de los tópicos edificantes aportados por la tradición religiosa o localista. Pero sucede además que separar la educación de la instrucción no sólo resulta indeseable sino también imposible, porque no se puede educar sin instruir ni viceversa.
            La capacidad de aprender está hecha de muchas preguntas y de lagunas respuestas; de búsquedas personales y de hallazgos institucionalmente decretados, de crítica y puesta en cuestión, en lugar de obediencia satisfecha con lo comúnmente establecido. De modo que, como tan tantas veces se ha dicho, lo importante es enseñar a prender. Según el conocido dictamen de Jaime Balmes, el arte de enseñar a aprender consiste en formar fabricas y no almacenes. Dichas fabricas funcionan con provisiones, conocimientos, almacenados a partir de las cuales se elaboran nuevos productos, pero son algo más que una perfecta colección de conocimientos ajenos.
            Los niños antes de ponerse en contacto con sus maestros  ya han experimentado ampliamente la influencia educativa de su entorno familiar y de su medio social.
            En la familia el niño aprende aptitudes tan fundamentales como hablar,  proteger a los pequeños, obedecer a los mayores, compartir alimentos, participar en juegos y respetar sus reglas, distinguir a nivel primario lo que está bien de lo que está mal, según las pautas de la comunidad a la que pertenece. Todo ello conforma lo que los estudiosos llaman "socialización primaria"  del neófito, por la cual éste se convierte en un miembro más o menos estándar de la sociedad. Después la escuela, los grupos de amigos, el lugar de trabajo, etc., llevarán a cabo la socialización secundaría, en cuyo proceso adquirirá conocimientos y competencias de alcance más especializado. Si la socialización primaria se ha realizado de modo satisfactorio, la socialización secundaría será mucho más fructífera, pues tendrá una base sólida sobre la que asentar sus enseñanzas; en caso contrario, los maestros o compañeros deberán de perder mucho tiempo puliendo y civilizando a quien ya debería estar listo para el aprendizaje.
            En la familia las cosas se aprenden de un modo bastante distinto a como luego tiene lugar el aprendizaje escolar. el clima familiar está recalentado de efectividad, apenas existen barreras distanciadoras entre parientes que conviven juntos y la enseñanza se apoya más en el contagio y en la seducción que en lecciones objetivamente estructuradas.
            Por eso afirmaba Goethe que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte, la certeza del amor, cuando existe nos hace invulnerables. En el nido familiar, cuando éste funciona con la debida eficacia, donde el niño paladea por primera vez y quizás la última la sensación reconfortante de esa invulnerabilidad.
            Para bien o para mal, el protagonismo de la familia en la socialización primaria atraviesa un indudable eclipse en la mayoría de los países, lo que constituye un serio problema para la recuela y los maestros. Cada vez con mayor frecuencia, los padres y otros familiares a cargo de los niños sienten desánimo o desconcierto ante la tarea de formar las pautas mínimas de su conciencia social y las abandonan a los maestros.
            Pero no todos los motivos del eclipse de la familia como factor de socialización primaría provienen de los cambios ocurridos en los adultos. También hay que contar con la radical transformación del estatuto de los propios niños, que permitió ya hace lustros a Neil Postman titular así de provocadoramente su libro más famoso: La desaparición de la infancia. El agente que señalo Postman como causante de está desaparición fue precisamente La televisión.
            Durante siglos, la infancia sa ha mantenido en un limbo aparte del que sólo iban saliendo gradualmente los pequeños de acuerdo con la voluntad pedagogica de los mayores. Las dos principales fuentes de información eran por un lado los libros, que exigían un largo aprendizaje para ser descifrados y comprendidos, y por otro, las lecciones orales de padres y maestros, dosificadas sabiamente. Los modelos de conducta y de interpretación del mundo que se ofrecían al niño no podían ser elegidos ni voluntariamente rechazados,  porque carecían de alternativa.
            Pero la televisión rompe esos tabúes y con generoso embarullamiento lo cuenta todo. deja todos los misterios con el culo al aire y la mayoría de las veces de la forma más literal posible. Los niños ven en la pantalla escenas de sexo y matanzas bélicas, desde luego, pero también asisten a agonías en hospitales, se enteran de que políticos mienten y estafan o de que personas se burlan de cuanto sus padres dicen que hay que venerar. Sólo con unas cuantas sesiones cotidianas de televisión, incluso viendo sólo los programas menos agresivos y los anuncios, el niño queda al cabo de la calle de cuanto antes  le ocultaban los adultos. Además, para ver la televisión no hace falta aprendizaje especializado.
            La televisión ofrece modelos de vida, ejemplos y contraejemplos, viola todos los recatos y promociona entre los pequeños esa urgencia de elegir inscrita en la abundancia de noticias a menuda contradictorias. Ay, si por lo menos los padres estuviesen junto a ellos para acompañarles y comentar ese púdico bombardeo informativo que tanto acelera su instrucción.
            El maestro antes podía jugar con la curiosidad de los alumnos, deseosos de llegar a penetrar en misterios que aún le estaban vedados y dispuesto para ello a pagar el peaje de saberes instrumentales de adquisición  a menudo trabajosa. Pero ahora los niños llegan ya hartos de mil noticias y visiones variopintas que no les ha costado nada adquirir.... que han recibido hasta sin querer. El maestro tiene que ayudarles a organizar esa información, combatirla en parte y brindarles herramientas cognoscitivas para hacerla provechosa o por lo menos no dañina. Y todo ello sin convertirse él mismo  sugestionador ni pedir otra adhesión que la de unas inteligencias en vías de formación responsable hacia su autonomía. Empresa titánica... remunerada con sueldo bajo y escaso prestigio social.
            La enseñanza siempre implica una cierta forma de coacción, de pugna entre voluntades. ningún niño quiere aprender o por lo menos, ningún niño quiere aprender aquello que le cuesta trabajo asimilar y que le quita el tiempo precioso que desea dedicar a sus  juegos.
                        Si la educación, aciertas edades, implica cierta tiranía, es una tiranía de la que sólo pasando por la educación, podremos, en cierta medida, más tarde liberarnos. sólo los humanos podemos, ( relativamente, desde luego)  adaptar el entorno a nuestras necesidades en lugar de resignarnos sencillamente a él, compensar con ayuda social nuestras deficiencias zoológicas y romper nuestras fatalidades hereditarias a favor de elecciones propias, dentro de lo posible pero a menudo contra lo rutinariamente probable. La libertad no es ausencia original de condicionamientos sino la conquista de de una autonomía simbólica por medio del aprendizaje, que nos aclimata a innovaciones y elecciones sólo posibles dentro de la comunidad.
            Los maestros deben recordar siempre que, la enseñanza debe ser más un arte que  una ciencia, es decir que admite consejos y técnicas, pero que nunca se domina más que; por el ejercicio mismo de cada día, que mucho debe a la intuición. Que el profesor no sólo, ni quizás principalmente, enseña con sus meros conocimientos científicos, sino con el arte persuasivo de su ascendiente sobre quienes le atienden: debe ser capaz de seducir sin hipnotizar.
            Que la autoridad debe ejercerse sobre ellos de modo continuo, ya que si a un periodo capricho de abandono, le sigue una brusca irrupción autoritaria, el resultado es fácil que desemboque en desastre.
            El profesor que quiere enseñar una asignatura tiene que empezar por suscitar el deseo de aprenderla. Para despertar la curiosidad de los alumnos,  hay que ser capaz de ponerse en el lugar de los que están apasionados por cualquier cosa menos por la materia cuyo estudio va a iniciarse. lo primordial es abrir el apetito cognoscitivo del alumno, no agobiarlo ni impresionarlo. Empezar a explicar los tanteos e inquietudes que han llevado a establecer los fundamentos teóricos de la ciencia. Si su vocación le llama por ahí, ya tendrá tiempo de profundizar ese aprendizaje, enterarse de los descubrimientos más recientes y hasta descubrir por sí mismo. No se puede pasar de la nada a lo sublime sin paradas intermedias; no se puede exigir que quien nunca ha leído empiece por Shakespeare.
            Fomentar la lectura y la escritura es una tarea de la educación humanista que resulta más fácil de elogiar que de llevarla a la práctica. en está ocasión, como en otras, el exceso de celo puede ser contraproducente y se logra a veces hacer aborrecer la lectura convirtiéndola en obligación en vez de contagiarla como un placer. Lo ha diagnosticado muy bien Gianni Rodari en su simpática Gramática de la fantasía: " El encuentro decisivo de los chicos con los libros se produce los pupitres del colegio. si se produce en una situación creativa, donde cuenta la vida y no el ejercicio, podrá surgir ese gusto por la lectura con el cual no se nace, porque no es un instinto. Si se produce en una situación burocrática, si al libro se le maltrata como un instrumento ejercitaciones( copias, resúmenes, análisis gramaticales, etc.) sofocado por el mecanismo tradicional "exámenes-juicio", podrá nacer la técnica de la lectura, pero no el gusto. Los chicos sabrán leer, pero sólo si se les obliga. Y, fuera de obligación, se refugiarán en las historietas, aun cuando sean capaces de lecturas más complejas y ricas, tal vez sólo porque las historietas se han salvado de la contaminación de la escuela.
            La enseñanza nunca debe ser una transmisión de conocimientos objetivos y de destrezas. El proceso de enseñanza debe de estar acompañada de un ideal de vida y de un proyecto de sociedad. La educación tiene por objetivo completar la humanidad del neófito, por lo tanto, dado que la escala de valores cambia forzosamente con las sociedades, dicha jerarquía no ha permanecido jamás igual en dos momentos diferentes de la historia. Ayer era la valentía la que tuvo la primacía,  hoy en día es el pensamiento y la reflexión, mañana será, tal vez, el refinamiento y la sensibilidad. Así pues, tanto en el presente como en el pasado, nuestro ideal pedagógico es obra de la sociedad.
            La educación transmite porque quiere conservar, y quiere conservar porque valora positivamente ciertos conocimientos, ciertos comportamientos, ciertas habilidades y ciertos ideales. Nunca es neutral: elige, verifica, presupone, convence, elogia y descarta.
            Quien pretende educar se convierte en cierto modo en "responsable" del mundo ante el neófito, como bien  ha señalado Hannah Arendt: Si le repugna esta responsabilidad, más vale que se dedique a otra cosa y no estorbe. Hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino asumirlo conscientemente y porque sólo a partir de lo que es, puede ser enmendado. Para que haya futuro, alguien debe aceptar el pasado como propio y ofrecerlo a quienes vienen tras de nosotros.
            Durante siglos , la enseñanza ha servido para discriminar a unos grupos humanos, frente a otros. los hombres frente a las mujeres, los pudientes frente a los menesterosos, a los citadinos frente a los campes iones, a los clérigos frente a los guerreros, a los burgueses frente a los obreros, a los civilizados frente e los salvajes, a las castas superiores frente a las inferiores.
            Hoy siguen vigentes ambos criterios en demasiados lugares de nuestro mundo, donde los Estados con poca y ninguna preocupación social, no corrigen los efectos de las escandalosas diferencias de fortuna. Unos nacen para ser educados y otros, para contentarse con una ligera enseñanza de tareas que los otros nunca se avendrían a realizar. De este modo que la enseñanza se convierte en una perpetuación de una fatal jerarquía socioeconómica, en lugar de ofrecer posibilidades de movilidad social y de un equilibrio más justo.
            En sociedades democráticas los Estados han universalizado la educación, acabando con tales manejos discriminatorios, aunque las etapas más avanzadas de la enseñanza puedan ser selectivas y favorezcan la especialización de cada cual según su vocación. La enseñanza básica y el aprendizaje de los primeros años no se le niega a nadie, siendo obligatoria hasta cierta edad. Universalizar la educación es; no dar por hecho que unos  han nacido para mucho, otros para poco y otros para nada.
            Nadie nace con el gen de la marginación social, son las tendencias constructivas y destructivas que el contexto familiar o social dotarán de un significado imprevisible de antemano. por lo tanto, la pretensión universalizadora de la educación democrática comienza intentando auxiliar las deficiencias del medio familiar y social en el que cada persona se ve obligado por azar a nacer.
            El propio sistema democrático no es algo natural y espontaneo en los humanos, sino algo conquistado a lo largo de muchos esfuerzos revolucionarios en el terreno intelectual y en el terreno político. Resultaría absurdo ocultar a los niños los fallos del sistema en que vivimos, pero es crucial inspirarles una prudente confianza en los mecanismos previstos para enmendarlos. Sería suicida que la escuela renunciase a formar ciudadanos demócratas, inconformistas pero conforme a lo que el marco democrático establece, inquietos por su destino personal pero no desconocedores de las exigencias armonizadoras de los publico.
            Por eso en las sociedades democráticas la educación no es algo meramente opcional sino una obligación pública que la autoridad debe garantizar y vigilar. El sistema democrático, tiene que ocuparse de la enseñanza obligatoria de los neófitos para asegurarse la continuidad y viabilidad de sus libertades. es decir, por instinto de conservación. Educamos en defensa propia.
            Quieran o no los padres, los niños tiene que ser educados y deben asistir y participar en la enseñanza obligatoria. los hijos no son propiedad de los padres, ni simples objetos para que estos satisfagan sus veleidades, por amorosas que sean, o realicen experimentos. Tampoco deben estar sometidos sin ayuda de la comunidad a los límites económicos o culturales de sus progenitores.
             La enseñanza debe ser tan pluralista como la sociedad misma y en ella es conveniente que puedan hallar acomodo estilos y sesgos diferentes. Pero lo mismo que ningún padre debe ver a su hijo sin estudios por razones económicas, tampoco ninguno tiene derecho a privarle de ellos por razones ideológicas. Uno de los ingredientes más perversos de la miseria, es la ignorancia. Donde hay ignorancia, es decir donde se desconocen los principios básicos de las ciencias, donde las personas crecen sin capacidad de escribir o leer, donde carecen de vocabulario para expresar sus anhelos y su disconformidad , donde se ven privados de la capacidad de aprender por sí mismos lo que les ayudaría a resolver sus problemas, viéndose en manos de brujos  o adivinos que no comparten las fuente teosóficas de su conocimiento...., hay reina la miseria y no hay libertad.
            Claro que no es forzoso que la mejor enseñanza sea la impartida en escuelas públicas, organizadas estatalmente. Ahora bien, no nos engañemos: la enseñanza no puede ser un bien más de los que se ofrecen en el mercado. Si así fuera, no haría más que reproducir aquello que intentamos desterrar, las desigualdades de origen existentes en algunos, por desgracia más de los que nos gustaría, Estados o Comunidades.


             AL INICIAR LA LECTURA DE ESTE LIBRO, TE ASUSTA. LUEGO TE GUSTA. DESPUES TE ENGANCHA, MAS TARDE TE ENSEÑA Y SOBRE TODO, AL TERMINARLO,  NO TE ARREPEINTES DE HABERLOS LEIDO.


                         Madrid, a 8 de Enero de 2012

                                               Alexandra Oyuela Barrasa

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